jueves, 16 de agosto de 2012

Cuento para...



Hace siglos que escribí este pequeño cuento para una persona, y como parece que desde hace unos meses vuelve a ser mío he decidido que lo mejor que puedo hacer con él es dejarlo en el blog para que cualquiera que pase por aquí pueda leerlo. Así que el anteriormente conocido como "Cuento para (nombre)" ha pasado ha llamarse "Cuento para mí" o simplemente "Cuento para... " y donde cualquiera puede incluir su nombre.


Cuento para... 
De los deseos más profundos surge
a veces el odio más destructivo.
Sócrates
En un país muy lejano, hace mucho tiempo, en la antigua región de Kalevala vivía una anciana hechicera en lo más profundo de un bosque. Las leyendas del pueblo cercano contaban que la hechicera era en realidad una poderosa y malvada bruja que había encantado el bosque y traía la desgracia a todo aquel que osaba acercarse a sus dominios. A menudo las plagas de las cosechas y las enfermedades del ganado y de las personas hallaban su justificación en esa malvada bruja, que se divertía atormentando a los hombres
Por esa época llegó una nueva familia al pueblo. La mujer había vivido allí durante su infancia, rodeada del ambiente y la tranquilidad, junto con otros muchos otros niños, pero al crecer se casó con un rico comerciante y se marchó a vivir a la ciudad. Durante un tiempo vivieron en la más absoluta felicidad y riqueza, pensando que nunca terminaría.
Toda esta felicidad llegó a su fin cuando nació su único hijo. Un momento de dicha como ese se vio enturbiado por la repentina mala suerte que asoló a la familia. A partir de ese momento todos los negocios que emprendió la familia fracasaron, uno tras otro, y pronto no tuvieron más remedio que recurrir a pedir préstamos a sus conocidos, convencidos que sólo era una mala racha que pronto pasaría y sintiéndose bendecidos por su pequeño Tuk.
No fue así.
Las deudas cada vez se hacían más difíciles de pagar, y como consecuencia cada vez necesitaban más dinero para seguir adelante. En su desesperación recurrieron a la venta de todas las joyas de la familia, los trajes y su casa. Intentaron de todo pero nada fue suficiente. Era imposible combatir con barcos llenos de tabaco y café para vender que se hundían misteriosamente, o con fábricas enteras que ardían hasta los cimientos sin dejar nada rescatable. Cuando los prestamistas se cansaron de esperar por un dinero que cada día temían más que no volviese, la familia terminó en la ruina total, sin dinero y sin manera de poder subsistir y mucho menos de volver a su antiguo estatus. Ante todas estas desgracias tuvieron que regresar al pueblo, esperando que la bondad de sus antiguos vecinos les ayudara a salir adelante.
Nada más llegar al pueblo, Zloboga, la madre del pequeño Tuk, descubrió para su horror que los rumores de que estaban arruinados habían viajado más rápido que ellos. Aunque habían sido sus mejores amigos de niña a su vuelta había terminado siendo una paria, pues aparentemente nadie quería reconocerla. En un pueblo tan supersticioso todos tenían miedo que la desgracia que asolaba a su familia pudiera contagiarse y llevarlos con ellos a la pobreza o peor aún, que quisieran pedirles dinero.
Se establecieron en la que había sido la antigua casa de Zloboga. La casa había estado desocupada desde su partida, y ahora estaba descuidada, sucia y muy deteriorada. Cada vez que comparaba la que había sido su antigua casa en la ciudad con esa pequeña y fea casa que cada día se le asemejaba más a una pocilga le embargaba un sentimiento de aflicción. Viendo que nada les salía bien pronto empezó a culpar al niño de todas sus desgracias, dado que la mala racha se había inaugurado con su nacimiento. Y aunque su marido se desvivía por su felicidad, ella cada día se sumergía un poco más en un pozo de tristeza.
El niño, rechazado por sus padres y despreciado por el resto de adultos y niños por ser pobre, cada vez se refugiaba más en su soledad. Era tal el rechazo que causaba que nadie le contó nada sobre las historias y rumores que inundaban el bosque encantado que rodeaba el pueblo y sobre la vieja bruja que allí vivía.
Un día, buscando esconderse de los otros niños que siempre le molestaban, decidió internarse en el bosque, ocultándose en su espesura y frondosas ramas. A medida que se internaba más y más en el bosque dejaba de oír las voces y los ruidos del pueblo. Tras un largo camino saltando las ramas, que había crecido silvestres dificultando el paso, llegó a un claro del bosque con una pequeña cabaña central. El lugar parecía tétrico, pero le pudo la curiosidad y avanzó decidido a golpear la vieja madera de la puerta.
Esperó durante un rato a que abrieran la puerta, y cuando ya pensaba que estaba vacía y tendría que forzar la entrada alguien abrió.
Así fue como conoció a la bruja.
Era una mujer muy anciana y encorvada que se veía incapaz de andar si no se ayudaba de un grueso bastón toscamente tallado. Su pelo hacía tiempo que había perdido el color, al igual que uno de sus ojos del que había quedado ciega y siempre vestía de negro, como si viviera un largo luto que se negaba a abandonar. Su apariencia, según afirmaría alguna vez, enfundaba más lástima a diferencia del terror que muchas de las leyendas del pueblo proclamaban.
En su vida no había conocido a muchas personas, y esta fue la primera que le brindó algo de cariño. Por años, y sin que nadie en el pueblo lo supiera, la vieja hechicera le habló y enseñó sobre la magia, de sus conjuros y pociones, cómo hacer feliz a la gente o cómo destruirla, así hasta que el aprendiz superó al maestro.
Una fría mañana de otoño fue como cada día a visitar a la anciana, pero ésta no le abrió. Al conseguir entrar vio que seguía tumbada en la cama, pensando que aún no había despertado se acercó, y al tocar su fría y blanca mano supo que jamás volvería a hacerlo. Sintiéndose más abandonado y solo que nunca salió de la cabaña y corrió a través del bosque para escapar del recuerdo de la bruja muerta, sin percatarse de que varias personas vieron como salía de ese bosque maldito.
Al atardecer una muchedumbre furiosa azotó la casa de sus padres, buscando llevarse al que ahora consideraban un nuevo brujo, pues había salido indemne del bosque cuando ninguna persona debería haberlo conseguido. Su madre, llorosa, afirmó que todo debía ser cierto, ya que era la única explicación a todas las desgracias que había sufrido su familia desde su nacimiento, y que ella no había tenido un niño sino que había engendrado a un monstruo. Su padre, enfadado, lo golpeó para el encanto del pueblo y después lo encerró en el sótano de donde prometió no sacarlo jamás.
La noche siguiente supo que su madre se había ahorcado en un árbol cercano a la casa. Su mentalidad era cada día más frágil y nunca pudo superar la tristeza que le embargaba recordar sus días felices, sin ser capaz de encontrar una felicidad en los nuevos. Convencerse de que el destino le había castigado con un demonio y la desgracia en vez de con un hijo fue demasiado para ella y decidió terminar con todo.
El padre, al descubrir el cadáver colgado de su esposa, dejó que lo embargara la ira. Su mujer había sido su única razón para vivir desde hace años, y ahora que la había perdido no le quedaba nada. Desde que quedaron en la ruina su mujer le había atormentado con la idea de que su hijo era el causante de todos sus males, y aunque al principio desechó la idea considerándola los delirios de una mujer cada día más enferma, llegó un momento en que terminó por creerlo. Su hijo era el causante de que su esposa muriera y ahora debía pagar por ello. Fue al cobertizo y cogió una vieja hacha a la que se le empezaban a formar las rojizas muestras del óxido incipiente. Sin pensar avanzó al sótano de la casa, donde su hijo continuaba prisionero.
Al ver abrirse la puerta y la tenue luz que se filtraba por la abertura, el joven pensó que sus padres habían recuperado la razón. De cualquier modo, cambió de idea cuando su padre se abalanzó sobre él, furioso, blandiendo el hacha con la clara intención de matarlo. Durante todos los años que pasó con la bruja nunca dejó que la magia le dominara, no obstante esta vez no pudo hacer nada y el instinto de supervivencia fue más fuerte que su autocontrol. Padre e hijo vieron sorprendidos como el hacha abandonaba las manos del atacante y se volvía en su contra. Sin tiempo para escaparse el hacha con vida propia cercenó limpiamente la cabeza del padre cuyo cuerpo inanimado separado en dos cayó al suelo junto con el hacha.
Atormentado por lo que acababa de hacer, y furioso con una familia y un pueblo en el que sólo había encontrado desprecio, se precipitó en dirección al bosque, el único lugar que alguna vez había considerado como suyo. Huyó de una sociedad que no le aceptaba, de su vida pasada y de su miseria y rechazo.
Al llegar a aquel claro del bosque que albergaba la cabaña de la bruja desató toda su frustración y su magia. Si no podía tener el respeto de la gente al menos tendría su miedo.
De la vieja cabaña de madera emergió un imponente castillo de muros impenetrables que sería su fortaleza, y los antiguos árboles ennegrecieron, desarrollaron espinas y aumentaron su tamaño en una disputa continua con el sol para evitar que los rayos pudieran atravesarlos. Los animales y aves que allí vivían fueron desterrados y en su lugar invocó a toda clase de seres y monstruos mitológicos que custodiaran su castillo y poblaran el bosque para hacerlo infranqueable y matar a cualquiera que intentara atravesarlo. Él se recluyó en el castillo, esperando no ser nunca más molestado.
Las historias del castillo y del brujo pronto se extendieron por todo el pueblo. La diferencia es que esta vez sí que tenían algo por lo que temer.
Y era un monstruo que ellos mismos habían creado.

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